Montoneros, de María O'Donnell: un recorrido visual por el auge y la caída de la organización
El nuevo libro de la periodista y escritora se sumerge en la trama cultural y social de una época que marcó para siempre la historia argentina.
Por Erika Cabrera y Alejandro Segade
Montoneros fue una de las organizaciones guerrilleras que nació al calor de los cambios políticos, el auge cultural y la violencia que marcaron los años '70 en Argentina. Liderada por figuras como Mario Firmenich y Fernando Abal Medina, surgió como una resistencia armada que buscaba el regreso a la Argentina de Juan Domingo Perón, exiliado tras el golpe de Estado de 1955.
Cobró notoriedad el 1° de junio de 1970 con el secuestro y asesinato del ex dictador Pedro Eugenio Aramburu, figura clave de la Revolución Libertadora que derrocó al general y tuvo un vertiginoso ascenso que coincidió con un trágico y violento final hacia inicios de los años '80.
A partir de registros visuales y documentos inéditos recopilados en su nuevo libro “Montoneros, una historia visual”, la periodista y escritora María O'Donnell reconstruye el camino que siguió esta organización, desde su fundación, la adhesión juvenil y la mutación de agrupación política en un aparato militar hasta el quiebre con el general y la contraofensiva que marcó su final.
El relato visual y documental ubica como punto de partida el secuestro de Aramburu, ejecutado por un grupo de jóvenes que se presentaron en su domicilio de Recoleta disfrazados de militares. "Usted viene con nosotros", le ordenó Abal Medina. La operación quedó plasmada en el primer comunicado de la organización, firmado con la proclama "Perón o muerte", y funcionó como su carta de presentación. No se trataba de un grupo de secuestradores que buscaba negociar, sino de una guerrilla con reglas internas, procesos de enjuiciamiento y hasta un código penal revolucionario.
Al igual que en la actualidad, durante aquellos años había en curso una batalla cultural. El peronismo había puesto en marcha una disputa por el dominio de los valores y creencias, a punto tal que la provincia de La Pampa al momento de su creación, en 1952, fue denominada Eva Perón. En ese momento, la primera dama y abanderada de la clase popular estaba enferma y consumida por el cáncer. Al mismo tiempo, la provincia de Chaco pasó a llamarse Presidente Perón.
En 1955, el golpe de la autodenominada “Revolución Libertadora” continuó esa batalla cultural, pero prohibiendo el uso del apellido del presidente derrocado y sus variantes, que ya habían calado hondo en la sociedad, debido a la gran cantidad de derechos que otorgó el gobierno de Perón. Además, dispuso diversas modificaciones constitucionales y las pocas elecciones que se realizaron hasta 1973, entre los golpes, fueron con la proscripción del peronismo. Historia conocida.
La aparición de Montoneros en ese sentido buscaba el retorno de Perón a la Argentina y un sistema más igualitario. Al calor de devaluaciones, congelamiento de salarios y endeudamiento del país con organismos internacionales, a nivel económico; y fusilamientos como los de José León Suárez, en materia de derechos humanos; la dictadura de Aramburu generó una economía más endeble y un clima social más hostil.
Lejos de crear adhesión a sus políticas, la dictadura y la proscripción del peronismo produjeron un clima de clamor ante la figura del expresidente. Si bien sus fieles no eran pocos, la juventud peronista, Montoneros y las FAP estaban por aquellos años formadas por jóvenes que no llegaron a vivir la época dorada del peronismo, pero que soñaban con ella. Ahí también estuvo uno de los quiebres. placa de IG
El peronismo generó un movimiento cultural. Desde cancioneros hasta medios de comunicación clandestinos durante los años de la proscripción. Allí, la corriente de la izquierda peronista tiene un gran aporte y con ella Montoneros, que si bien quiso separarse de la figura de Juan Domingo Perón tras la vuelta, también contribuyó a masivisar la cultura peronista.
Canciones peronistas y montoneras
"Los muchachos peronistas” o “La marcha peronista”, como se conoce popularmente, es la canción más conocida que pueda asociarse a un partido político. Si bien se le atribuye a Hugo del Carril su autoría, la primera vez que sonó fue en la Casa Rosada el 17 de octubre de 1948, según registros no oficiales. Al igual que el peronismo y todo lo que representaba, fue censurada durante la dictadura de Aramburu.
La proscripción, la vuelta de Perón y el sentir socialista de aquellos años setentistas coincidieron con un auge artístico de los hijos de las clases medias de la época dorada del peronismo. La música narra épocas y eso buscaron Piero y Marilina Ross con el “Cancionero de la liberación”, un álbum de protesta y apoyo político. Reflejó al mismo tiempo el entusiasmo y los sentimientos ambiguos que de manera muy temprana despertó la figura de Perón entre quienes habían creído que su regreso tenía por fin impulsar “la patria socialista”.
Tras la grabación de Piero y Marilina Ross en el sindicato Luz y Fuerza, Montoneros encomendó su mirada de la historia al colectivo Huerque Mapu, que en 1974 grabó el único disco oficial de la organización. El grupo folklórico llegó a la Conducción Nacional por medio del periodista Nicolás Casullo, a quien le habían encomendado un disco que contara las “luchas contra la dictadura y el proceso que terminó con la vuelta de Perón”.
El cine
El cine fue uno de los frentes culturales más activos. En 1971, Fernando Pino Solanas y Octavio Getino grabaron una extensa entrevista con Perón en Puerta de Hierro en Madrid, donde vivió gran parte de su exilio. Al expresidente le había gustado “La hora de los hornos”, un largometraje que los cineastas habían grabado en 1968 y que denunciaba la desigualdad y los efectos del imperialismo en los países dependientes.
Las películas también funcionaron como manual de instrucción para las guerrillas. “La batalla de Argel” (1966), de origen italiano, fue fundamental para la etapa de formación de la guerrilla. Ese film mostraba crímenes de lesa humanidad que llegarían en 1976 a la Argentina. La dictadura de Onganía la proyectaba como una forma de educar a los militantes por los métodos de represión de los dictadores, pero las distintas organizaciones la utilizaron como fuente de inspiración y aprendizaje para sus células.
Arte de masas
La figura más destacada en el campo visual fue el artista Ricardo Carpani, quien, influenciado por el muralismo mexicano y de formación trotskista, retrató el pulso de la época con un estilo inconfundible. Carpani fue el autor de afiches emblemáticos para la militancia, como el que homenajeaba a los caídos en la Masacre de Trelew con un puño en alto y su obra sobre la CGT de los Argentinos, una facción que se diferenciaba de la llamada burocracia sindical y la cúpula tradicional de la Central obrera.
Obra de Ricardo Carpani. Año 1968, comienzo del plan de lucha de la CGT de los Argentinos contra la dictadura de Onganía. Publicado en el periódico de la CGT-A que dirigía Rodolfo Walsh. pic.twitter.com/xbMJehQaAr
El gesto fue popularizado por el primer ministro británico Winston Churchill como representación de la victoria durante los '40, cuando lideraba a los Aliados en el combate contra el Eje en la Segunda Guerra Mundial. En los '70, el movimiento hippie lo reconvirtió en un símbolo de paz -para protestar contra la guerra de EEUU con Vietnam-, que adoptó, entre otros, John Lennon. Llegó a la Argentina a través de una canción de “Pedro y Pablo”, y cuando fue adoptado por el peronismo, cobró un doble sentido: "Perón vuelve" y "a triunfar".
Fútbol y política
El Huracán campeón del Metropolitano de 1973 coincidió con la “primavera camporista”. Cesar Menotti, su entrenador, junto a otros seis jugadores firmaron una solicitada que apoyaba la vuelta de Perón del exilio. En la popular, las banderas de Montoneros, las FAR y la JP flameaban durante los partidos del Globo. “Lo dice el tío, lo dice Perón, hacete del Globo que sale campeón”, se cantaba en la cancha. Cabe destacar que el barrio porteño de Parque Patricios fue el que tuvo mayor número de víctimas de la dictadura cívico-militar con 121 desaparecidos.
Medios de comunicación
La primera revista del peronismo revolucionario fue “Cristianismo y Revolución”, fundada en septiembre de 1966 y dirigida por Juan García Elorrio, exseminarista católico y político argentino, vinculado estrechamente al catolicismo posconciliar con el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM). Por su vínculo de amistad con el Padre Mujica, conoció a la cúpula de Montoneros y fue el quien generó un nexo entre la organización y La Habana, donde luego la guerrilla se instruiría en los cursos de preparación de tropas.
Entre las revistas más destacadas de la época se encontraba “El descamisado” que fue el primer masiva orgánica de Montoneros que nació con el fin de la dictadura de Lanusse. “Chau milicos”, celebraba la tapa en su primer ejemplar. Alejados de la solemnidad periodística de las publicaciones de la izquierda, utilizaban un lenguaje llano, giros populares y un gran despliegue fotográfico.
Los textos no contenían firma y contenían una historieta, como rasgo de la “época dorada” de las tiras, sobre la independencia con guión de Oesterheld —sí, ese que volvió con el furor por El Eternauta— y dibujos de Leopoldo Durañona.
Se imprimían 80.000 ejemplares por semana y llegó en ocasiones a 200.000. Ricardo Grassi, su director, señalaba que si a cada ejemplar lo leían cerca de diez personas, tuvo picos de alcance de hasta 2 millones de lectores.
"Reflejó cómo ningún otro medio de la época la inesperada, dramática y tortuosa ruptura entre Perón y quienes considerábamos que su gobierno se había conseguido gracias a la resistencia peronista y que debía construir el socialismo”, según Grassi.
Burocratización de Montoneros
Por aquellos años que transitaba la clandestinidad, Montoneros tenía su burocracia, los comunicados parecían salidos del Boletín Oficial y a medida que fueron avanzando verticalizaron el sistema. En los ‘70 armaron un conjunto de normas e incluso un código penal para la organización.
Entre las normas de seguridad, que debían ser profundizadas, enriquecidas y desarrolladas a medida que se intensifique el proceso de liberación nacional; se detallaba cómo debía conformarse el nombre revolucionario, cuidar la imagen ante la sociedad, llevar las agendas sin números de compañeros -tenían que saberlos de memoria-, la forma en la que se llevaban los documentos de los vehículos e instructivos para fabricar explosivos.
Asimismo, en el sistema de “justicia penal revolucionaria” se detallaban los delitos como la “traición, deserción, delación, confesión, faltas leves reiteradas e incumplimiento de las penas aplicadas en Juicio Revolucionario”.
Entre las penas que se podían aplicar, según su código penal, se destacaban el confinamiento, destierro, degradación, prisión, expulsión y fusilamiento. Asimismo, el Juicio Revolucionario sólo podía ser ordenado por la Conducción Nacional a instancias de cualquier miembro de la Organización.
“Un crimen los incluyó. El otro los alejó, de manera irreversible”
Entre 1971 y 1973, Montoneros atravesó su período de mayor inserción social: captó a miles de jóvenes ansiosos por quebrar un sistema que, según su visión, oprimía a la clase popular, y se ganó lugar en el gobierno de Cámpora –que duró un suspiro–. Pero el auge se frenó intempestivamente con la vuelta de Perón a la Argentina.
Una primera señal de alarma fue la denominada Masacre de Ezeiza. Montoneros había organizado un recibimiento para impresionar al ex presidente. Fue una movilización sin precedentes: calculan que hubo más de dos millones de personas entre las que se identificaban banderas de Montoneros, FAP y FAR. La militancia fue sorpendida por un grupo paramilitar que respondía al Jorge Osinde, un ferviente anticomunista ligado a los servicios de Inteligencia del Ejército que Perón había designado al frente de la Subsecretaría de Deportes: hubo 13 muertos -aunque se cree que la cifra de víctimas fue mucho mayor- y un centenar de detenidos. El avión que trasladaba a Perón se desvió y aterrizó en Morón, donde quedó inmortalizada la foto del general junto a José Rucci, entonces líder de la CGT y mano derecha del general.
Las expectativas sobre un proceso que restituyera la paz en el país se derrumbaron cuando Perón, a través de una cadena nacional, hizo un llamado a terminar con la lucha armada sin aludir a Montoneros. Las filas de la organización exhibían una decepción. "Supimos de qué lado estaba Juan Domingo Perón", escribió el periodista Miguel Bonasso, que entonces era parte de la organización.
El quiebre se hacía cada vez más evidente -Montoneros apuntaba a Rucci como uno de los cerebros detrás del ataque de Ezeiza- y terminó por materializarse el 25 de septiembre del '73, cuando el líder sindical fue acribillado en la puerta de su casa en un operativo denominado Traviata, en alusión a las galletitas que se promocionaban como las de los "23 agujeritos".
Fue el principio del fin. El rechazo que provocó este hecho en la sociedad fue empujando a Montoneros lentamente de vuelta a la clandestinidad. Así como un crimen -el de Aramburu- unió a la organización con Perón, otro los alejó irremediablemente. "Atacar a Rucci era atacar a Perón", sintetizó Juan Manuel Abal Medina -padre del ex jefe de Gabinete y hermano de Fernando, miembro fundador de la agrupación, ya fallecido por aquel entonces. Tras el asesinato, también decidió apartarse.
Aun cuando el giro de Perón era cada vez más evidente, Montoneros hizo un último intento y se presentó en la multitudinaria convocatoria del Día del Trabajador, donde Perón volvió a hablar ante la Plaza de Mayo. Ese día fueron echados de la Plaza. La ruptura era definitiva.
Dos meses después de la muerte del presidente, Montoneros oficializaba su regreso a la clandestinidad. Era el punto de partida de la disolución: la mayoría de los militantes quedaron a la deriva y comenzaron a organizarse en células que se enfrentraban a la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) dirigida por José López Rega.
La etapa más oscura, sin embargo, llegaría con el Golpe de 1976, cuando la dictadura encabezada por Jorge Rafael Videla dispuso un plan sistemático de exterminio de los cuadros militantes a través de asesinatos y desapariciones de miles de jóvenes.