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A 50 años del golpe: cómo el encubrimiento estatal demoró décadas la recuperación de identidades

La historia de Pedro Luis Nadal García, nieto número 80 recuperado por las Abuelas de Plaza de Mayo y su incansable búsqueda, como la de tantos otros condensa un entramado que aún años después de finalizada la dictadura continuaba funcionando. 

A 50 años del golpe: cómo el encubrimiento estatal demoró décadas la recuperación de identidades

A 50 años del último golpe cívico-militar en la Argentina, la restitución de identidades de los niños apropiados entre 1976 y 1983 es un proceso que continúa abierto. Los familiares de las víctimas del terrorismo de Estado encabezados por las Abuelas de Plaza de Mayo continúan buscando más de 300 nietos.

La historia de Pedro Luis Nadal García, nieto número 80 recuperado por las Abuelas de Plaza de Mayo y su incansable búsqueda, como la de tantos otros condensa un entramado que aún años después de finalizada la dictadura continuaba funcionando. 

Pedro recuperó su identidad recién en 2004, cuando tenía 29 años, luego de una búsqueda atravesada no solo por el silencio de la dictadura, sino también por obstáculos que persistieron durante décadas. “Hubo gobiernos que encubrieron y eso fue lo que posibilitó que pasaran 29 años hasta que recupere la identidad”, señaló en diálogo con Filo.news.

En su caso, las citaciones judiciales no llegaban o eran directamente interceptadas. La estructura que debía garantizar el acceso a la verdad se volvía, en algunos momentos, un filtro. “Había un sistema policial que no dejaba que pasen esas cosas”, describe sobre los intentos fallidos de notificación. 

"Desde el '83 me están citando", cuenta Pedro. Al mismo tiempo que reconstruye su historia: "En esos años, mi apropiador llevó a hacerse los estudios a su hijo biológico y le hicieron los exámenes de compatibilidad y dio que era hijo suyo"

Si bien esa causa se discontinuó, Pedro destacó que Abuelas de Plaza de Mayo insistió en su caso y pudo generar otras causas para buscarlo debido a que había indicios. En ese sentido, jugaron un rol central los vecinos de la zona, conocidos y hasta personas del entorno de quienes lo habían apropiado, que realizaron denuncias durante años.

“La sociedad misma denuncia y genera las condiciones para que las Abuelas puedan investigar”, explica Pedro, a quien ese entramado de testimonios cercanos le sirvió para que la causa no se cerrara definitivamente, incluso cuando una primera investigación había quedado inconclusa. La persistencia —judicial, pero también social— fue lo que terminó abriendo el camino.

La restitución no implicó empezar de cero, sino reconfigurar una vida construida sobre otra base. “No cambió la persona, lo que sumó fue verdad”, dice Pedro. Hasta el momento, sus apropiadores le habían dicho que él fue abandonado de niño y ellos lo adoptaron: "Yo estaba agradecido", recuerda en base a su historia. Sin embargo, todo cambió el día que se enteró que no había sido "abandonado" sino "apropiado". "Esas verdades generan un camino que deja de estar basado en la mentira y comienza a transitar en verdades. Después, queda reconstruir la identidad que es algo obligatorio", apuntó.

Sobre la identidad, añadió: "Sumó entre tantas cosas saber que mi madre no me abandonó, que mi madre luchaba por algo que ella creía y por un mejor lugar para todos nosotros, al igual que mi padre. La diferencia está ahí: no fui abandonado, fui apropiado".

La educación como punto de quiebre

Si hay un cambio que, para Pedro, marca una diferencia entre generaciones, es el lugar de la educación en la construcción de memoria. “Nosotros no teníamos estas charlas en las escuelas. Hoy los chicos sí las tienen y preguntan de todo”, plantea.

Ese dato genera un cambio, ya que la memoria circula en espacios institucionales donde se habilitan las preguntas. La escuela, en ese sentido, funciona como un punto de acceso temprano a la historia reciente. Mantener viva la memoria ayuda a que no solo no se repita la historia, sino también para que se construyan condiciones para que quienes tienen dudas puedan reconocerlas.

"Todavía se buscan más de 500 niños apropiados, yo soy el número 80. Falta todavía", asegura Pedro. 

La restitución de identidades no es solo una reparación individual, sino también una tarea colectiva que involucra al Estado, a la sociedad y, cada vez más, a las nuevas generaciones.

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